Sequero

perros y migajas

Desearía que esto fuera una entrada de reflexiones maduradas. Un pensamiento guardado en una bodega donde, con el tiempo y las vueltas, fuera adquiriendo tornas interesantes. En su lugar, tengo seis subrayadores desecándose a la luz del flexo a mi izquierda, y un taco de apuntes a mi derecha. Sobre este último, el móvil, un rectángulo ominoso el cual quiero y no encender. La cabeza da vueltas en torno a lo mismo de siempre y no hay "lo que pienso no es verdad, es una mala racha y ya" que lo haga pasar.

Estos últimos días he llegado a la conclusión de que no me quiero ni una pizca. Tengo miedo de decirle a alguien: "te escucho, si lo necesitas, estoy aquí", y después no atreverme a mirarle a los ojos, no vaya a ser que lo incomode. Tengo miedo de pedirle a alguien: "¿te acuerdas cuando me dijiste que me escucharías? No me encuentro bien, ¿sería un buen momento ahora?", y que no lo recuerden, o estar siendo yo demasiado egoísta porque los he pillado en mal momento.

Quiero creer que, en ambos casos, trato de pensar⚊quizás demasiado⚊en el otro en ambas situaciones como una persona más que en un algo con lo que llenar unos minutos, todo con tal de decirme a mí misma después: "ah, ¡no pasa nada! ¡Sea yo yendo a ellos, sean ellos viniendo a mí, sigo existiendo!". Me es difícil aceptarlo. Muchas veces, creo ser así.

Y, en esencia, lo soy. El miedo se parece mucho a la búsqueda consciente de atención que creo estar haciendo. Aunque me lo guarde para mí, baso mi existencia y valor en la reacción de los demás, y mi preocupación principal paso a ser yo, no lo que diga el otro.

Cada interacción me supone un desafío, un veremos-si-hoy-no-me-dan-la-patada. Cada silencio, cada conversación vacía, la horrorosa confirmación de que soy un perro al que echarle un par de migajas antes de que se pierda de nuevo bajo el mantel. Y ¿dónde queda el otro? Como un enemigo potencial, cuando es una persona con la que habrán altibajos⚊como todo en la vida⚊que me mira a mi misma altura, y yo a ella. Reduzco a mi interlocutor a, esencialmente, su reacción a mí.

Y después me atrevo a lamentarme de que me cuesta trabar amistades, que si nunca hay profundidad. Con razón no me abro en canal con nadie aunque me muera de ganas. Estoy esperando a que me acuchillen ellos y se atiborren con mis vísceras.

A veces me olvido de que, si eventualmente no se me quisiera en un lugar, me podría levantar, desempolvar las rodillas del pantalón y marcharme, esta vez sobre mis pies. Y el sol seguiría brillando sobre mi piel intacta.

Lo peor es que no odio ser yo. Es más odio ser yo delante de. No es por conformismo hacia mí misma; conozco mis defectos y trato de cumplir cuando soy mi único testigo. Es que me aterra no serles suficiente. Es complicado intentar priorizar a los demás sin por ello desoírse. Pero es que he llegado a un punto que, de tanto ignorarme, ya no sé qué puedo ofrecer.

#astilla