Sequero

Carcasas

Acabé los exámenes de este año en junio.

Hacía calor; no tanto como ahora, pero sí el suficiente como para que estudiar ocho horas aislada en un despacho fuera un poco más complicado. La piel se me pegaba a la camiseta y los conceptos, a algún recodo del camino que discurre entre el cerebro y la lengua. Sientes cómo a cada paso, se te olvida una flashcard. Una pregunta. Dos apartados insulsos de un esquema⚊pero y si cae, y cayó⚊. Las bocanadas de viento caliente te secan los ojos brillantes, todavía incrédulos: vas a salir limpia otra vez.

No es una victoria personal. Cada año, de alguna forma, consigo estirar más los segundos para dar un poco más de mí. Nuevas fronteras invisibles, rotas. Un burro con anteojeras y latigazos no hubiera corrido más, porque para empezar, un burro sabe cuándo parar.

Eso era lo que quedaba de mí ese día: un cuerpo que miraba sin comprender. "Vamos a hacer las compras, cogeremos helado para celebrar el final", vale. "Después habrá que ir al Lidl a aprovechar los cupones, ¿te ves demasiado cansada?", vale. "Ahora te puedes relajar", vale. Lo recuerdo todo como en un sueño. En un momento dado me quedé mirando un punto fijo entre los tomates y los pepinos. Podrían haberme robado la mochila de la espalda, podría haber entrado una manada de perros rabiosos a saquear la carnicería, que yo seguiría en la misma posición, frente al mismo punto.

El vacío no es un sentimiento nuevo. Va in crescendo conforme se suceden las prisas, las angustias, las clases. La gran diferencia aquella vez⚊¿qué hago aquí?⚊era que no tenía energía alguna. Ya no la necesitaba; no había nadie a quien hacer caso, para qué me lo iba a hacer a mí misma.

En retrospectiva, prefiero esa estupidez apoyada contra el carrito de la compra. Imaginad un coche sin volante, sin frenos, sin ventanas, casi sin carrocería, es más, sabéis y pensáis en un coche porque os he dicho que os lo imaginéis así, cuando realmente no es nada. Ese es el concepto de mí que aflora en esos momentos. Durante el curso corre, vaya si corre, pero ¿qué hace una vez acaba la carrera? Sin estrés ni combustible no es consciente ni de ese estado de caída, uno no muy agradable que aflora en cuanto se une un par de pensamientos incoherentes. Algo tal que así:

Salí ayer. Constaté que el cielo brillaba. Que las nubes pasaban. Que algunas personas salían a beber una cerveza, a pasear a la nieta y su muñeca de plástico con una sonrisa bondadosa. Todo esto sucedía bajo mis ojos desconcertados. Bebía todas estas imágenes con una sed tan intensa, que no podía apreciar su dulzura, tanto como comprendía la cruel falta de vida en mí.

Me ha engullido. Ayer me detuve frente al espejo. Ojos en el reflejo y mirada del reflejo en el muro frente a él es decir tras mi espalda pero ya no estoy tan segura de que sea mi espalda porque nadie ha oído hablar de un reflejo que no ha sido devuelto hacia su propietario y aun así fue lo que sucedió este domingo a las 14h37.

Podríais pintar mi retrato y reemplazar la cara depositada sobre el cuello de la camisa por una mole de carne ensangrentada, un escupitajo de pintura del color de la piel, un muro vacío, un agujero, la superficie interna de vuestros párpados cuando os vais a dormir, y sería lo mismo.

Si no sabes que estás perdido, te da lo mismo donde puedas estar, qué dirección vas a tomar. Y ese sería mi plan para el restante de mi vida académica: empacharme de tiempo libre en vacaciones antes de dar otra vuelta a un nuevo circuito endiablado.

En esas llegamos al centro comercial. Nos detuvimos en el otro extremo del parking, el menos concurrido. El cine cerró hace poco, recordé entre toda la niebla y la calima. Otro nuevo hueco que llenar con nostalgia en conversaciones genéricas dentro de unos años. No había nadie más salvo nosotros.

Entrar fue como si, de alguna manera, me hubieran replegado sobre mi propio estado mental de aquella tarde, a ese negro, y se encendiera un fluorescente a medio fundir, lo justo para evitar una caída tras chocar contra un mueble. Toda la galería comercial estaba cerrada. Mi agotamiento quería dejarlo pasar, pez grande se come al pequeño, ya lo sabía, el lugar se había ido ahogando poco a poco, daba pena pero la vida funciona así. Pero no podía dejar de mirar las ausencias. El olor a palomitas se había esfumado. La única luz que se filtraba en el pasillo era la de la entrada lejana, muy lejana, a falta de las de la taquilla. Levanté la cabeza hacia arriba. La cartelera se había detenido en diciembre del 2025. Uno de los lugares más importantes de mi infancia se había muerto.

Otra de las cosas que me azuzaron en el embotamiento fue comprender que el cierre del último espacio del ala no había supuesto su mágica sustitución por algo vivo y agitado. No había aparecido un comprador que levantara rápidamente las persianas hasta otro colapso, otro nacimiento, otra muerte, aunque no se tengan en mente esas cosas cuando se cambie el cartelito a ABIERTO, todo tan deprisa que, incluso si uno quisiera pararse a pensar en aquel ciclo comercial, no recordaría qué fue antes, si el gimnasio o el cine o la tienda de ropa. Los pasillos simplemente estaban y ya. Se dejaban contemplar en sus grises. Ya no podría decir: la última vez que fui, vi esta película, había esta cantidad de personas en la cola, la comida que colé fue esto y lo otro. Este cadáver⚊una caja torácica vaciada de sus órganos⚊me pudriría la memoria.

Tras la compra volvimos en sentido contrario pasando primero por la explanada interna del centro. Ya la había apercibido de refilón en las ocasiones en las que entrábamos por la puerta principal. Al pisarla comprendí que era demasiado grande, inmensa. Bajo la lámpara gigante en forma de una amalgama de cubos, un cartel anunciaba algunos eventos por los diez años del complejo. Lo miré con una desazón dulzona. En realidad, una de las mitades arrastraba la otra, como un reptil que se estuviera ahogando en su propia muda.

Parecía que no era la única a la que se le había pasado por la cabeza aquella constatación. Las estructuras fundamentales⚊el quiosco del 100 Montaditos, la estantería para dejar libros viejos y llevarse otros igual de viejos, pero diferentes, la guardería⚊persistían y hacían bulto, si bien cerradas, polvorientas, huecas. Incontables Kia, Ebro, Nissan, la marca que fuera, camuflaban el mar de baldosas crema en tres hileras perfectas. Si te concentrabas mucho, la música del Carrefour llegaba en un eco de sirena débil, distorsionada, susurrándote al oído: quédate, quédate, recuerda cómo hace un tiempo, aquí tuviste pataletas, allá te compraste un helado o unos pantalones, allí viste una película con tus padres; aquí fuiste y, si nos das la oportunidad, volverás a ser. La desazón, en la medida que me lo permitía la fatiga, dio paso a la nostalgia, después, a la angustia. Algo persistiría, siempre persistiría: una base fundamental que uniría todos esos ciclos, pero que, salvo conjunciones como la de aquel día, permanecería eclipsada. ¿Y si permanecía así de fría? ¿Y si ahora desnuda, oscura, reducida a cuatro vigas podridas, colapsaba sobre sí misma? ¿Cómo no lo había notado antes?

Salimos. Seguía con el cansancio, mis puntos fijos, aunque más dirigidos. Buscaba otro espacio muerto, lo encontré: el propio parking. Llegó una Mini blanca mientras metíamos la compra en el maletero. Como si no hubieran decenas, cientos, miles, millones de plazas que se extendieran hasta las montañas del horizonte, se decidió a aparcar a nuestro lado, comiéndose incluso la línea más cercana a nuestro coche. Quizás le da miedo también, pensé al irnos, esta deriva.

Mi desconcierto persiste al escribir estas líneas. Volví a entrar hace poco al centro comercial. El ciclo ya sigue, están abriendo un gimnasio. Pronto se llenará todo de bolsas, termos, pesas, sudor. El motor ruge suavemente.

El curso que viene, cuando el reflejo deje de mirarme, me sentaré en la cama de cara al parqué y trataré de convencerme que estaré bien, que todo saldrá bien. Entonces emergerá la luz filtrada desde el pasillo, que iluminará el filo de los folios sin subrayar, la tapa del portátil; y recordaré que, en el fondo, yo también estoy a la espera de ahogarme en mi piel muerta; y quizás esta vez sea la última.