Sequero

El infinito se esconde en una botella rota

Hoy he visto la Osa Mayor desde el balcón, perfectamente alineada frente a mí, y he vuelto a pensar en el caballo del depósito.

Desde la ventana trasera del coche, en la carretera de vuelta a casa, es posible apreciar un grupito de almacenes de materiales de construcción. Cada uno está sujeto a una casa medio abandonada, a una plaza en ocasiones adornada de palmeras resecas. Forman, a su manera, un pueblo fantasma. Nunca he visto a un operario mover ninguno de los sacos de cemento, ni siquiera un ladrillo, y sin embargo las pilas de material suben y bajan como siguiendo alguna fase desconocida de la Luna, que vigila desde arriba, complaciente.

Como me dejo empantanar por el móvil y el cansancio, suelo ignorarlos. Una noche no fue así; me distraje de la distracción y de la pantalla pasé a las colinas recortadas contra el cielo negro, y de las colinas a un fulgor perdido en la gravilla de uno de los depósitos, a la sombra de un contenedor. A algún obrero se le habría roto una botella, así que los cristales estarían devolviendo la luz de los focos, pensé. Recordé la vez que, durante un corte de luz en el barrio, me tumbé en el suelo de la terraza para ver las estrellas, perforadas en la inmensidad del abismo. Ambas escenas compartían la misma esencia.

Solo entonces reparé en el caballo. Lo habían encajonado entre dos máquinas en el aparcamiento de las carretillas. Ni uno solo de los focos conseguía sacarle brillo a su pelaje raído, comido por el polvo. Su cola y sus crines, tan marchitos como las escasas palmeras que bordeaban la plaza, se movían solo gracias a alguna brisa compasiva. Podría haber pasado por una carretilla más si no fuera por su hocico que, temeroso, husmeaba los cristales chispeantes frente a él.

Entonces el coche dobló una curva y al depósito se lo tragó la oscuridad. Busqué al caballo en los trayectos sucesivos; quería saber si seguía contemplando los vidrios con la misma curiosidad. No reapareció.

Quedó en un extraño limbo en mi mente. Recordarlo me entristecía y me punzaba con suavidad el corazón. Me hacía preguntas que quedaron⚊y quedarán⚊sin respuesta. ¿Sabe que las estrellas han bajado para él, que una constelación ha caído desde lo más hondo del precipicio, atravesado el halo blanquecino de la ciudad y chocado contra la gravilla, para saludarlo con sus parpadeos? ¿Intuye que sobre los focos se encuentra el cielo? ¿Sabe siquiera que está vivo, que las carretillas no están hechas de músculos, cartílago y sangre, que él no está articulado por medio de acero, cables y aceite?

Lo dibujé varias veces. Puse especial cuidado en hacer ver los cristales en las arrugas de sus ojos, en el temblor de los ollares. Fantaseé con salir del coche, abrir su celda y llevármelo lejos, a lo más hondo de los olivares, desde donde pudiera mirar arriba. Después me mordisquearía la camisa y trotaría de regreso al depósito. Trabajaría. Moriría.

Pero cuando al operario se le volviera a escurrir la cerveza de entre las manos, cuando llegara el atardecer y se encendieran las luces, encontraría al infinito escondido en la botella rota; y ahí, ahí es donde también se esconde la belleza de la humanidad.