Tallada y no moldeada
Fina, seca, sequita, secucha, qué cuerpecito, ¿seguro que comes lo suficiente?, toma, coge de esto, un poco más. ¿Que te ves bien así? Bueno, entonces no pasa nada, si te da igual, si tú así te ves bien, pues ya está.
Siempre he sido muy delgada por constitución. Por algún motivo, se me suele recordar este hecho como si no tuviera un espejo en el cuarto de baño. Hago deporte, tengo salud. Menciono que como bien; algún ceño fruncido se relaja. Uno de los pocos temas que no rumio, mi imagen, es regurgitado al frente de mi conciencia.
Se dice que un cuerpo es un templo. Del mío siempre se intuyen los cimientos. Conozco muchos de mis tendones y de las protuberancias de mis huesos. Quizás, si me cortara el brazo, no escucharía más que un crujido; hasta mellaría el filo del cuchillo. Las costillas aporrean mis costados cuando inspiro, tratando de escapar. No soy más que un melocotón del que sólo queda el hueso y los nervios que lo surcan, porque a la pulpa, ella, se le olvidó formarse, y la piel se tensa por lo tanto directamente sobre las durezas.
Lo dicho: no me suele importar. Sé bien que esta entrada no es más que un intento mío de buscar explicaciones a por qué es legítimo que no me respete a mí misma, todo ello, de nuevo, por la impresión de terceros. Mi cuerpo no tiene por qué cambiar, porque no hay nada que mejorar en ese aspecto.
Mentira: hay una única cosa, un único detalle, que cambiaría si pudiera. Mis hombros. Sé que me lo pensaría dos veces antes de ofrecérselos a alguien para llorar. Se le clavaría mi clavícula en los pómulos.